Quien firma estas páginas trabaja la madera en Lima, en un espacio donde el banco también hace de mesa. No hay un método secreto detrás: hay manos, errores repetidos y la costumbre de anotar lo que ocurre mientras la pieza todavía está tibia.
El cuaderno nació de una manía simple: apuntar cada corte, cada medida y cada tropiezo antes de que se olvidaran. Con el tiempo esas notas se volvieron una forma de conversar con otros que también trabajan con las manos, y de sostener el oficio como algo que se aprende entre varios y no en soledad.
Este cuaderno se escribe desde Lima, junto a un banco de trabajo que también sirve de mesa. No hay grandes promesas: solo el registro de lo que se hace con las manos y lo que se aprende al fallar. Abajo quedan las etapas que fueron marcando el rumbo, con la fecha en que cada una cambió la manera de trabajar.
Todo empezó con una tapa de MDF sobre dos caballetes que se movían al cepillar. Aprendí que la estabilidad no viene del peso de la madera sino de cómo se apoya la estructura. Esa primera versión quedó demasiado alta y tuve que rebajar las patas cuarenta milímetros. Desde entonces anoto cada medida en milímetros antes de cortar, aunque parezca obvio.
Fue el año en que arruiné más piezas que en cualquier otro. Redondeé biseles por apurar el afilado, rajé cajas por golpear la espiga con mazo y dejé secar tablones a la intemperie en plena humedad de la costa. De cada desastre salió una ficha escrita a mano, con la fecha, el error y lo que haría distinto. Esas notas siguen siendo la parte más útil del cuaderno.
Llegaron a mis manos dos sillas y un velador que habían pasado por tres generaciones. Aprender a leer la madera vieja, sus reparaciones anteriores y sus clavos torcidos cambió mi forma de mirar el oficio. Ya no se trataba de hacer piezas nuevas sino de entender lo que alguien había construido antes y por qué. Ahí empezó la costumbre de fotografiar cada corte antes de intervenir.
El torno llegó tarde y sin manual. Las primeras piezas salieron ovaladas porque empujaba la gubia más de la cuenta. Con el tiempo entendí que el torneado se aprende escuchando la madera y no forzando el corte. Anoté el olor del cedro al girar, el sonido distinto del tornillo y los tiempos que exige cada especie según la humedad del día.
Empecé a recibir dudas con fotos del corte y a responderlas entre varios, no solo yo. Lo que era un registro personal se volvió una conversación. Hoy cada entrada se escribe pensando en alguien que recién empieza y no sabe qué comprar ni qué evitar. La sección Primer Taller nació justamente de esas preguntas repetidas.
Ahora tomo notas con las manos sucias y las paso en limpio al día siguiente. Prefiero anotar lo que salió mal antes que lo que salió bien, porque de eso se aprende más. El cuaderno sigue siendo un registro de taller: medidas, materiales, tiempos de secado y los detalles que casi nadie cuenta, como el ruido de una sierra mal afilada.
Por qué existe este cuaderno y qué espero que encuentres aquí